domingo, 24 de julio de 2011

Angela

Mi nombre es Angela, tengo 20 años y en una tarde de enero de hace 9 años abrí el periódico y lo encontré. Él era todavía un niño, total melancolía, callado, taciturno. Una mente brillante. Rápidamente quedé fascinada por la historia que allí contaban del pequeño genio. Creo que así fue como empecé a adorarlo. Desde entonces guardo aquél recorte de periódico y todas las siguientes noticias que salieron de él.
Él aún aparecía en Internet y algunas propagandas, así que fue fácil seguir sabiendo esporádicamente de él. No lo conocía en persona, pero era grande mi sueño por llegar a conocerlo de verdad.
Pasó el tiempo, y a pesar que podía sentirme atraída por otros chicos también, él se mantenía firme en mi corazón iluminando mis días más oscuros; mi mente empezaba a desvariar con una vida a su lado. Ilusiones de apenas una adolescente.
A finales de diciembre del 2007, tras una serie de incidentes, él accedió a darme su correo. Mi corazón empezaba a brincar de emoción (era como una niñita). Pero yo sólo usé el medio para fines estrictamente académicos. Comencé a notar que él era muy amable y sencillo, siempre dispuesto por ayudar a los demás. Su trato cortés y generoso me empezaba a cautivar.
Sin embargo, en febrero del 2009 todo cambiaría. Entre casualidad y deseo tropecé con su blog (sí, escribe en un blog) y todo cobró sentido: Aquél cariño ingenuo e iluso que para entonces sentía adquirió argumentos, una razón de ser. Ya no adoraba sólo la mente brillante y genial por el cual había quedado encandilada en un principio, ahora también amaba el corazón puro y noble que empezaba a conocer. Empecé a enamorarme de pronto de su forma de escribir, de pensar, de sentir, de ser. Pero más aún: Admiré el amor que profesaba a aquella chica a quien todos los días no se cansaba de cantarle ese amor. Él estaba enamorado de una chica, pero yo empezaba a enamorarme de él.
No me importó cuántas chicas lo habían querido antes ni a cuántas quiso él. Sabía que mis sentimientos prevalecerían a pesar de las circunstancias. Sabía que sería capaz de amarlo incluso en el día que se case o tenga sus hijitos. No lo dudé más.
Al mes siguiente le escribí un correo anónimo haciéndole ver cada uno de mis sentimientos, haciéndole notar que lo seguía, que leía su blog. Nunca respondió. Pero eso no me importó en lo absoluto. Yo continué con mis correos, que siempre se llevaban consigo todo mi corazón y sinceridad, sin el mínimo temor de qué perder o equivocarme. Y fue entonces que uno de ellos, el que escribí en su cumpleaños, el que terminó por conmoverlo. Él respondió y lo hizo de una forma tal que todo el mes entero no quité la sonrisa de mi rostro. Los ojos me brillaban nada más pensarlo.
Yo continué escribiéndole, él a veces contestaba, pero la mayoría no. Hasta le llegué a dedicar todo un blog en la que le hablaba de mis sentimientos para con él, de lo que hacía yo, de mis intereses, de mi forma de ser, en fin, de mí. Y yo siempre mostrándome así, entregada, ofreciendo todo mi cariño y sinceridad, toda yo.
Pero hasta hace poco. Hace poco empezamos a conversar por el messenger. Y en una de esas conversaciones me reveló que no hacía mucho que había empezado a salir con alguien, alguien que no era la misma chica del blog, pero a quien le había cogido mucho cariño. Me tomó por sorpresa. Quise llorar, pero ni una lágrima alcanzó a salir. Tenía tantos sentimientos encontrados. Me alegraba de que tuviese a alguien, es cierto, pero, ¿qué haría yo después con todo este amor que sentía por él? ¿Sólo guardármelo y ya? Lo amaba, y todavía lo quiero demasiado como para dejarlo ir sin que sepa jamás cuánto es lo que tengo por darle. Y otra vez, no me importó, y sin dudarlo, preparé aquél sobre en la que metí el poemario que le había dedicado, la carta que contenía toda mi sinceridad, el CD de canciones que tanto le gustaban, y otras cosas más. Fui hasta su casa y simplemente lo dejé (no a él, claro).
Hemos estado hablando últimamente y en cada conversación, en cada foto en que le veo, en cada cosa nueva que escribe en su blog, veo al hombre que es mi complemento. Sé que a él le molesta ligeramente el hecho de estar tan segura sin que lo conozca personalmente, ya que él es “distinto en persona, muy diferente a como se muestra en el blog o en cualquier sitio en que me hayas encontrado”, pero no puedo evitar adorarlo con tanta ternura.
Sé que nunca me diste motivos para mantener viva esta ilusión, que siempre fui yo a la que sola se le aceleraba el corazón ante el más mínimo interés o gesto cortés de tu parte. Fui yo quien confundió amabilidad con insinuación y terminó por emocionarse demasiado pronto hasta terminar por invitarte a salir. Comprendo ahora que te gustan las cosas así como están, y prefieres que mantenga mi distancia, que no necesitas de mi ayuda. Comprendo (o trato) y es ahora cuando pretendo acabar con todo esto. Quiero cerrar la página para comenzar de nuevo, y sin ti.
Acepto que todavía pienso en ti a diario y a cada rato (y eso que ni nos conocemos en persona), que soñé con tenerte a mi lado y que con todo luchar por este amor rayaría en la terquedad y la insensatez, pero quiero que sepas que aún me quedo yo con aquellos recuerdos que aún conservo en aquella caja, me quedo con todas las sonrisas y las risas que alguna vez logré sacar de ti, me quedo con toda la alegría y las distintos ritmos con que mi corazón empezó a latir por ti. Seamos amigos ahora, amigos como creo que lo hemos sido siempre, amigos franqueados por la distancia y acercados por Internet, pero sólo amigos, al fin.
Es hora de resetear el corazón y empezar desde cero.

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